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Cobrándole a la coaster

El grito de un caprichoso bebé le ha quitado el protagonismo al viejo despertador de Mayra Pablo, una madre de 30 años, trabajadora informal y guerrera despiadada por sus hijos, cada madrugada se escuchan los fuertes quejidos que yacen de las barandas de una cuna de madera hasta penetrar los acostumbrados tímpanos de una madre que sabe que su día recién empieza. Son las 4 de la mañana, las formas dentro del dormitorio son casi indistinguibles por la abrumadora oscuridad, los fríos pies de Mayra se deslizan por la madera buscando sus zapatos viejos. Los encontró. Carga a su bebé, les da un vistazo a sus otros 2 hijos, camina unos breves pasos, ya pasó la sala, ahora la cocina. Se prepara un café, siente el frio escalando por sus vellos. Su hijo se calmó en sus brazos. Ya todos están dormidos. Mayra aprovecha el momento para cambiarse, agarra su cangurera, se persigna para llenarla de soles, y se encomienda al señor para que el terrible virus del que todos hablan no la atrape. Eso espera.

 La joven madre se desliza a paso firme entre las casas de tablones de madera y techo de calamina que han construido la imagen de un mundo tercermundista que se sostiene en un teñido cerrito. Las luces de los carros, en contraste con la noche, crean un orgasmo visual que sumerge a Mayra en su viaje hasta el colectivo que la llevará al paradero de buses. Hay días en los que no tiene carro asegurado, pero esta vez es su día de suerte, quedó con un chofer y hoy será la cobrada de la coaster. Necesitaba trabajar. Las deudas y gastos de sus hijos no se pagarán solos. Ya en el carro, los gritos de Mayra, para atraer a los transeúntes, resuenan en todo San Juan de Lurigancho, y su brazo se convierte en un imán de gente. Así es en todas las paradas de buses hasta llegar a San Juan de Miraflores. La ruta se repite, su cangurera empieza a llenarse de monedas y una sonrisa se dibuja en el rostro de Mayra.

 Entre paradero y paradero, en los momentos en los que Mayra apoya el cuerpo contra el plástico fosforescente de la coaster y les da un descanso a sus cuerdas vocales, su mente divaga y queda absorbida por imágenes de sus hijos. Está feliz por su hijo, no tiene los mejores medios para sus clases virtuales, pero por lo menos sigue estudiando. Su hija adolescente le preocupa, no pudo continuar sus estudios y Mayra, mientras los cláxones de los carros suenan con fuerza, teme que su hija se sume a las tasas de mujeres que terminan trabajando el hogar por problemas económicos. La situación de su bebé le quita tiempo y lágrimas, pero las palabras alentadoras del doctor la motivaban a no derrumbarse. No puede.

 Las 4 de la tarde se apoderó de Lima. La jornada de Mayra está a punto de acabar. El carro se dirige nuevamente al paradero de buses, Mayra vacía el cangurero y lo recolectado no es lo que esperaba. Sus ojos entusiastas pierden el brillo al darse cuenta que sus ganancias han disminuido notoriamente en este tiempo de pandemia. Ya nada es lo mismo. La plaza está desolada. El dinero se reparte. La parte de la cobradora no la deja satisfecha, pero es mejor que no tener nada. Por ahora, podrá llevar comida a la boca de sus hijos. Ya se las ingeniará.

 Las piernas de esta joven madre se han acostumbrado a subir el cerrito sin queja alguna. Llega a las 5 de la tarde a su casa, se encarga de las actividades domésticas. Deja impecable los rincones. Tras terminar su cita con el polvo, la escoba y la tierra, Mayra está libre y solo tiene ojos para sus hijos. Con la garganta inflamada por gritar todo el día desde la coaster, le explica pacientemente a su hijo como hacer la tarea. Ya todos están libres. La cabeza de Mayra está angustiada por la situación que se viene. Pero por ahora solo disfruta a sus hijos.

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